Mujeres de Mayo: Mariquita Sánchez de Thompson

La historia se encargó de trascenderla  como la Gran Anfitriona Nacional por haber prestado el salón de su casa para estrenar el Himno Pero Mariquita Sánchez de Thompson fue mucho más: mujer política, pionera defensora de la necesidad de la educación para las mujeres, rebelde capaz de poner en foco cuán público debe ser lo privado.
Corría 1801 en la convulsionada Buenos Aires. María Josepha Petrona de Todos los Santos Sánchez de Velazco y Trillo, hermosa muchacha de 14 años, se ha negado a casarse con Diego del Arco, un distinguido caballero español mucho mayor, que su padre, riquísimo comerciante criollo, designó para ella. Estaba todo listo para la ceremonia: todo menos la novia. Ni los gritos ni las amenazas consiguieron que la muchacha diera el “sí” y el novio tuvo que salir de la respetable casa tan soltero como había entrado. Poco después la señorita también salió como había entrado del convento donde había sido internada en castigo: salió resuelta a no dar el brazo a torcer y a casarse con su apasionado amor, su primo segundo, Martín Jacobo Thompson. Probablemente, Mariquita Sánchez, que sería de Thompson, no sabía que esta escena en la que se fundaba a sí misma como mujer no sólo afirmaba sus derechos en la vida privada sino que daba un paso precursor para la lucha pública. Si conviene partir de esta escena para hablar de las mujeres de Mayo en general, y de Mariquita en particular, es porque para una mujer abrazar una convicción revolucionaria suponía como tarea simultánea cuestionar las imposiciones mora les de la sociedad. ¿Cómo actuar como si se tuviera derecho a ser una ciudadana, si no se exigía el derecho a ser individuo?

La acción legal que Mariquita Sánchez y Martín Thompson inició en 1804 para poder casarse tuvo una repercusión especial en la sociedad porteña: era parte de los efectos de las nuevas ideas en las mentes jóvenes. Por eso, cuando el virrey Sobremonte falló a favor de los enamorados –y ellos se convirtieron en marido y mujer luego de 4 años de lucha, muchos sintieron que el triunfo no era sólo personal. Nuevos tiempos se avecinaban.
A partir de allí, vida pública y vida privada serían para Mariquita cosas bastante indiscernibles. Y aunque es muy dudoso que, como dicen en las escuelas, ella haya cantado por primera vez el Himno Nacional en una de sus célebres tertulias, nadie discute que entre 18lo y 1868, cuando murió, cumplió un papel fundamental en la tormentosa historia argentina, en los femeninos roles de dueña de casa que recibe y como escritora de papeles íntimos. Sus cartas, diarios y demás escritos no sólo son hoy magníficos y lúcidos testimonios sino que funcionaron como imprescindibles redes de contacto e información en épocas signadas por exilios y muertes.

Pionera en la lucha de género

Viuda luego, y casada en segundas nupcias con  Juan Washington de Mendeville, la patriota argentina.  Que fue ella quien interpretó las primeras estrofas del Himno,  es la versión que el sistema educativo argentino imaginó para retratar a Mariquita Sánchez de Thompson y Mendeville: la de Gran Anfitriona Nacional con vocación de intérprete casera.

Tan efectiva resultó esa estampita escolar capaz de imprimir una imagen única en los recuerdos de generaciones, que todavía hoy el Ministerio de Educación continúa sosteniéndola en su sitio de Internet (de allí sale la cita de marras). Y sin embargo detrás de ese clásico cuadro de Pedro Subercasseaux que termina por sellar la contundente división de espacios correlativa al género (Mariquita, mujer al fin, puertas adentro; los próceres del panteón nacional, en el campo de batalla, en oficinas o rodeados de atributos del poder público), había bastante más.

Había, por ejemplo, una fina cronista con buena memoria y conciencia de la proyección histórica que podían tener sus escritos (más o menos privados) y capaz, de todas maneras, de ser deliciosa y políticamente incorrecta; también una mujer política hecha y derecha que operaba entre bambalinas con tácticas retóricas agudas y ambiciones propias; una intelectual afrancesada que nunca conoció París y bien merece trascender, además, como escritora; una viuda casada en segundas nupcias, madre de cinco hijos y activista en favor de la educación de las mujeres, aun cuando sostener esa necesidad la llevara a enfrentarse con Sarmiento. ” Es preciso empezar por las mujeres si se quiere civilizar un país, y más entre nosotros, que los hombres no son bastantes y que tienen las armas en la mano para destruirse constantemente” dijo allá por 1840,pidiendo instrucción para las mujeres.


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